Preludio de una cita.

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Dejé mi velero anclado en la bahía.
Con las manos en los bolsillos y en la espalda una mochila, voy silvando una melodía. Me dirijo al pueblo en busca de ti.

He agotado las páginas de la imaginación. Te creo de pelo corto, ojos de aceitunas maduras, una manzana en tu boca y de baja estatura.

En la estación del autobús, vestida de azul cobalto estabas tú.
Mis brazos se abren para abarcar tu cintura. Corro y corres a mi encuentro como esas películas de amor y aventura. Nos llenamos de ayer.
-Tranquilo, hombre, tranquilo.  Una voz y un paño frío sobre la frente me despiertan.
-Además de recibir una bienvenida a este caluroso pueblo, usted ha sufrido una alucinación.



Continuará

En busca de una salida

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La marea mece la proa de Anastasia, el velero que me lleva como único pasajero. Un sabor a salitre, que se mezcla con aventura y vino en la copa que bebo.

Acostumbrado al aliento del sol que cocina mi espada, oigo los latigazos de la bandera que el viento hace bailar a su antojo. En la raya del horizonte aparece la isla de tus ojos.

Te asomas en la calle de la curiosidad y la esquina de la indiferencia. Quién sera este marinero digital que navega en estos océanos prohibidos?

Buscas en tu calendario dormido, algún retazo de recuerdo, un hilo que descosa mi antifaz. Una curva se dibuja en tu boca, pero cierras la ventana para que no perturbe tu paz. 


En la cresta de corrientes que tercamente ignoro, mis manos sostienen el timón como el cojo a su muleta, es que el viento no respeta...

y me arrastra inexorablemente hacia la isla de tus ojos.


Continuará